viernes, 17 de junio de 2011

EL SONIDO DE LAS CAMPANAS

Había un templo construido en una isla, a más o menos tres kilómetros del continente.  Allí estaba la isla.  Y en aquel templo había mil campanas de plata, grandes y pequeñas.  Campanas forjadas por los mayores artesanos del mundo.  Y cada vez que el viento soplaba, o había tempestad, las campanas sonaban.
Se decía que quien oyese aquellas campanas sería iluminado y tendría una gran experiencia de Dios.  Los siglos pasaron, y la isla se sumergió en el océano.  La isla, el templo y las campanas.  Pero persistió la tradición de que de vez en cuando las campanas tocasen y quien tuviese el don de oírlas, sería transportado hasta Dios.
Atraído por la leyenda, un joven emprendió un viaje de muchos kilómetros hasta llegar al lugar donde, se decía, años atrás estaba el templo.  Se sentó sobre la primera sombra que encontró y comenzó a esforzarse para oír el sonido de aquellas campanas.
Por más que se esforzó, lo único que consiguió oír fue le rumor de las olas rompiendo en la playa chocando contra el roquedal.  Y eso lo irritó, porque intentaba apartar aquel rumor para oír tocar las campanas.  E intentó una semana, cuatro semanas, ocho semanas...  pasaron tres meses.  Cuando estaba por desistir, oyó que los ancianos de la aldea hablaban, de noche, sobre la tradición y sobre las personas que habían recibido la gracia, y su corazón se encendió.  Pero sabía que el corazón ardiente no sustituiría el sonido de aquellas campanas.  Después de intentar seis u ocho meses, resolvió abandonar.  Tal vez solamente se tratase de una leyenda, tal vez la gracia no fuese para él.  Se despidió de las personas con las que vivía y fue a la playa a decir adiós al árbol que le daba sombra, al mar y al cielo.
Mientras estaba allí, comenzó a escuchar el sonido de las olas y descubrió, por primera vez, que era un sonido agradable, sedante; y el sonido conducía al silencio.  Y mientras el silencio se profundizaba, algo sucedió.  Oyó el tintinear de una pequeña campana.  Se sobresaltó y pensó:  "¡Debo estar produciendo ese sonido, debe ser autosugestión!"  Otra vez comenzó a escuchar el sonido del mar, se tranquilizó y se quedó en silencio.  El silencio se hizo más denso, y el oyó de nuevo el tintinear de una pequeña campana.  Antes de asustarse, otra campana tocó y otra más y otra y otra y otra...  Y luego una sinfonía de mil campanas del templo tocando al unísono.
Fue transportado hacia afuera de sí mismo y recibió la gracia de la unión con Dios.  http://www.facebook.com/elartede.seryvivir.feliz

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